La fauna y flora del Tren Roca.
Una señora mayor de buzo de frisa rojo y pantalón claro caminaba encorvada con paso acelerado, apoyándose en su bastón. Eran las 6.56 y a las 6.58 partía del andén 11 de Constitución el tren a La Plata, perderlo no era opción dado que el siguiente salía a las 7.46, casi una hora después. Muchos pasajeros agarraron con fuerza sus bolsos, carteras, mochilas o carritos y se acercaron rápidamente a la puerta más cercana en la que había un pequeño lugar para meterse, los que se resignaron a esperar el próximo se sentaron en el piso de la estación, dos de ellos se apoyaron en el puesto de panchos más cercano, aún cerrado.
Dos guardias altos de pelo corto y prolijo esperaban parados en la primera puerta de la formación, haciéndole señas con las manos a la gente que había cruzado los molinetes metálicos y ya miraba con desesperación la formación a punto de salir, indicando que los esperarían. Sonó la alarma de cierre y ambos frenaron con sus pies las puertas para permitirles el ingreso. Tenían puestos borcegos acordonados negros, pantalones cargo a tono y los característicos camperones celestes y negros de Trenes Argentinos. Recibieron agradecimientos mientras la unidad empezaba a moverse, y se acomodaron uno a cada costado del pasillo.
Todos los asientos tapizados de color azul estaban ocupados por pasajeros que se acomodaban para un viaje largo. Varias personas se pusieron algún abrigo o pañuelo para contrarrestar el frío del aire acondicionado, otras los doblaron y apoyaron en el borde de la ventana a modo de almohada para ganar un momento adicional de descanso. Sobre algunas piernas se veían lapiceras, resaltadores, fotocopias llenas de rayas de colores neón y libros abiertos con marcas de ser leídos frecuentemente, sobre otras celulares con series o juegos.
Un pasajero en particular, que ingresó cuando aún había lugares disponibles para sentarse, permaneció parado todo el trayecto. Era alto, alrededor de 1.80mts, tenía pelo oscuro muy corto, auriculares bluetooth en sus oídos, vestía una camisa blanca planchada de manera impecable, con un cinturón negro brillante, pantalón de vestir y zapatos oscuros. Al entrar llevaba en su espalda una mochila negra con vivos rojos, pero al apoyarse sobre los barrales destinados al sector de sillas de ruedas la dejó en el piso, recta entre sus piernas.
En Avellaneda, la primera estación del recorrido, una oleada de gente intentó entrar al vagón, pidiendo que los pasajeros se moviesen. Sólo dos hombres consiguieron subir, el resto se repartieron en todas las direcciones buscando espacios libres. La voz gruesa del maquinista sonó por los parlantes advirtiendo ¨si no liberan las puertas no podemos salir¨, seguida de la chicharra aguda de cierre. Parte del trayecto fue casi en silencio, ocasionalmente se escuchaba a algún vendedor ambulante que tampoco podía entrar al vagón.
En Quilmes bajaron muchas personas y, en la ausencia de ese calor humano, el aire del coche se empezó a sentir más frío. Llegando a Ezpeleta entró el vendedor de bandejas de galletas con la canasta de mimbre colgando en el pliegue de su codo, ofreciendo amablemente una a cada pasajero. Del cierre de su campera deportiva colgaba sobre su pecho un auricular de cable blanco, el otro lo tenía puesto en el oído. Entre los dedos llevaba billetes de varias denominaciones doblados de forma prolija para entregar vueltos de forma rápida. En Berazategui subió una vez más una gran cantidad de gente, y el vagón renovó sus caras.
Eran las 7.37 y ya se empezaba a ver más movimiento general a través de las ventanillas. El tramo hasta Villa Elisa fue rápido, y desde City Bell en adelante fueron más las personas que subían que las que bajaban. Se veía en la calle que el movimiento de autos y colectivos había aumentado. En Tolosa el tren se detuvo más tiempo del que pasó en otras estaciones, dándole a varias personas que bajaron corriendo por la escalera la oportunidad de subirse. El reloj marcaba las 8.13 y la formación emprendió la marcha hasta su última parada.
Una alarma de celular sonó y su dueño se despertó para apagarla, y el sonido mezclado de muchas de voces empezó a subir en todo el tren. Los pasajeros volvían a la vida, guardaban sus apuntes, se colgaban las mochilas al hombro nuevamente y se paraban estirando piernas y brazos. El hombre de camisa blanca se movió de su lugar por primera vez en todo el viaje, levantó su mochila del suelo y se miró en la cámara selfie del celular apuntando a su pecho, corroborando que no tuviera ninguna marca del viaje.
Al entrar a La Plata se veía a la gente esperando, buena parte se iba acercando al borde del andén para entrar rápido al vagón. La apertura de puertas llevó a un descenso lento, que, mezclado con el ascenso de los nuevos pasajeros, derivó en un par de empujones y alguna mirada de frustración. Sin llegar a vaciarse, el tren se volvió a llenar.
Los guardias se saludaron con confianza con los nuevos dos que subían, y el maquinista sacó medio cuerpo de su cabina para recibir un mate de parte de otro trabajador con chomba blanca. Así el Roca estaba listo para partir una vez más.