Microrrelatos: en la bóveda
¿Alguna vez pensaste qué pasaría si te dormís en la bóveda de un banco? Yo sí.
Nunca imaginé quedarme dormida en la bóveda del banco, pero la combinación de un calor asfixiante (de esos que de sólo pensar en salir a la calle ya te suda la frente) y mi presión baja hicieron que acá esté. Pensar qué excusa me voy a tener que inventar para explicar mi desaparición por 24 horas ya me dió dolor de cabeza.
Una vez que el pánico inicial se disipó, me dí cuenta que iba a tener que encontrar una manera de pasar las horas hasta que el guardia abriera la puerta una vez más. Inspirada en las viejas torres de naipes que hacía cuando no conocía juegos de cartas, empecé a imaginar cómo levantar una torre de billetes, pero me dió miedo tocarlos y me quedé sentada en los mismos 10 centímetros que habían sido mi hogar las últimas horas. No existen suficientes juegos de sombras con los dedos que te entretengan por mucho tiempo cuando te aburrís tan rápido como yo.
Acomodada contra la pared más fresca de la bóveda permití que mis ojos viajaran por los rincones, las mesas y las esquinas de los azulejos perfectamente alineados, contando grupitos de piezas que tenían un tono levemente más amarillento que el resto, hasta que mi ojos también se aburrieron.
En algún momento sentí que los billetes gritaban mi nombre y, mientras los miraba de reojo, una sola pregunta bailó en mi mente: ¨¿a qué olería el dinero?¨. Me acerque a la pila más grande de todas y la olí con un disimulo innecesario, al fin y al cabo ¿quién me iba a cuestionar? Solo éramos los billetes y yo. Inspiré con más fuerza y me indigné sola ante la falta de algún olor característico. Simplemente olía a… limpio. Eso, olía a lugar con buen mantenimiento. Iba a tener que acercarme más.
Los agarre a puñados y enterré la cara en ellos, olían a una mezcla de libro viejo y fotocopia calentita. No pude evitar sonreír, me recordó a la primera vez que visité las grandes librerías de liquidaciones en Avenida Corrientes, con pasillos infinitos de mesas desbordadas de títulos, y estanterías con portadas que habían perdido sus vivos colores tiempo atrás, víctimas de los efectos del sol.
Mis puños se apretaron con más fuerza alrededor de los billetes ya arrugados y mi sonrisa se ensanchó. Los pase por mi cuello, mi remera, mis muñecas y mi pelo con brusquedad. Los dejé caer al piso hechos bollo y, con mis manos finalmente libres sacudí mis rulos, que serpentearon a ambos lados de mi cara. Cerré los ojos e inspiré profundamente, absorbiendo mi nuevo perfume con satisfacción. Mañana cuando me pregunten qué pasó, simplemente voy a decir que pagué un precio muy caro por la fragancia de mi piel.